19 de enero de 2015

19/2/15

La mañana empieza como siempre. Es lunes. Pesado lunes. Bostezo tras bostezo hay que abrirse paso hasta la oficina. Después de algún tiempo es instintivo. Mecánico. Sentarse, encender el ordenador y trabajar. Resulta hasta sencillo.

Después llega la llamada. "Tata, tranquila. Lo siento. La abuela ha muerto". ¿Pero qué broma es ésta? Mi padre y yo tenemos un sentido del humor algo peculiar, pero ésto resulta pesado hasta para nosotros. Mi cerebro tarda unos segundos en darse cuenta de que no es una broma.

Y entonces, el corazón se para por un interminable segundo, acompañándole por un instante en su muerte. Pero si algo tiene el corazón es que es muy sabio y es conocedor de que la vida sigue adelante. Y así se lo hace saber al cuerpo, latido a latido, recuperando el ritmo otra vez.

Después lágrimas. Seguidas de una incontrolable angustia. Y después dolor.

Pero hay que calmarse. Dos bocanadas de aire son suficientes. Hay que concentrarse. Hay cosas que hacer. Gente a la que llamar. Decisiones que tomar. Y asegurarse de que se cumple lo que ella quiere. Lo que ella quería.

Paso a paso.

Lo primero verlos a ellos. Ir a casa y asegurase de que todos están bien. Pero sé que no lo están. Tras media hora de viaje que se hace eterna lo compruebo. Sus lágrimas son pequeñas puñaladas que se clavan en el pecho.

Yo hago como siempre. Me acerco a ella, le doy un beso en la frente y le digo te quiero. Como la saludo siempre. Como la saludaba siempre. Solo que esta vez, ella no contesta. Su voz ya no suena. Sus ojos no parpadean. Se ha marchado.

Respirar, no hay que olvidarse de respirar. Dos fuertes bocanadas de aire otra vez.

Llega la familia. Somos pocos, pero nos reunimos casi todos. Después, las llamadas a los ausentes y el sabor amargo en la boca al tener que decirles por teléfono que ella ha muerto.

Para cuando se la llevan, la mañana ha volado, aunque parece que ha pasado una eternidad. El resto del día lo ocupamos tomando decisiones, visitando el tanatorio y recordando comer a las 5 de la tarde.

La memoria es una zorra despiadada, ¿lo sabíais? Recuerdo ese lunes al dedillo. Todo y cuanto ocurrió se me ha quedado grabado en la memoria. Sin embargo, los días posteriores son un batiburrillo de imágenes en mi mente. Me recuerdo llorando en la ducha y yendo a trabajar para ocupar la mente. Recuerdo el tanatorio, la recuerdo a ella en su ataúd. ¿Sabéis lo que no recuerdo? Su voz. ¿Cómo puede ser posible que haya olvidado su voz?

Respirar, no hay que olvidarse de respirar. Dos fuertes bocanadas de aire otra vez. 

El funeral tampoco fue fácil. Ver la tristeza de la gente que uno quiere no es agradable y es frustrante no poder hacer nada por ayudarles. Pero ya sabéis lo que dicen: los que sufren son los que se quedan.

Después de esos pocos días que se hacen interminables, llega la parte difícil. Acostumbrarse a hablar en pasado. Acostumbrarse a su ausencia. Y acostumbrarse a que echarla de menos no duela. No, que duela poco.

Hoy, 19 de febrero, hace un mes que se marchó. Aún me cuesta llamar a casa y no oírla gritar de fondo "¡Te quiero!". Tampoco es agradable visitar a mis padres, con los que vivía, y no verla sentada en su sofá. Pero es gratificante ver como ellos, aquellos con los que compartía el día a día, van, por turnos, ocupando ese pequeño espacio que le pertenecía.

Ahora, cada uno de nosotros vivimos su ausencia de una manera diferente y honramos (su vida) y su marcha de diversas formas: unos ponen flores, otros se hacen preciosos camafeos con sus cenizas; e incluso los hay quienes ya están planeado construirle un pequeño altar en su lugar favorito del jardín.

Yo, por mi parte, escribo. Y os hablo de una abuela que será siempre querida. De una madre que siempre será recordada. Y de una mujer cuya ausencia llenará siempre un sofá, su sofá, y los corazones de todos aquellos que la queríamos. No, de todos aquellos que la queremos.



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